Día de los Elotes: la fiesta de Tepoztlán que comienza con una cruz de pericón

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Alan Cortés Romero | Noticias en Tepoztlán

Cada 28 de septiembre, Tepoztlán vive una de sus tradiciones más entrañables: el Día de los Elotes. Entre milpas, flores amarillas de pericón, fogatas y familias reunidas, el pueblo celebra los primeros frutos del maíz y una tradición agrícola que enlaza la memoria indígena con la fiesta de San Miguel.

Hay fechas que forman parte del calendario, y hay otras que forman parte de la memoria de un pueblo; el 28 de septiembre pertenece a las segundas.

En Tepoztlán, cuando septiembre llega a sus últimos días y las milpas comienzan a entregar sus primeros frutos, las familias se preparan para una celebración que tiene como protagonista a uno de los alimentos fundamentales de la cultura mexicana: el maíz.

Es el Día de los Elotes, una fiesta profundamente vinculada con la vida campesina de Tepoztlán y que encuentra una de sus expresiones más características en la tradicional elotada, cuando los primeros elotes son cortados de la milpa y compartidos entre familiares, amigos y vecinos. No es simplemente comer elotes, es celebrar que la milpa dio fruto.

El día en que la milpa se convierte en fiesta

La tradición está documentada particularmente en Tepoztlán, y en Amatlán, comunidad indígena del municipio de Tepoztlán.

Una investigación académica publicada en la revista Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad estudió los rituales agrícolas de Amatlán y documentó la celebración del 28 de septiembre como la Fiesta del Pericón, vinculada directamente con la primera cosecha de elotes.

Ese día, las familias acuden a sus parcelas, cortan los primeros elotes y los preparan en el propio campo, las brasas hacen el resto.

El olor del maíz recién cosechado se mezcla con el humo de las fogatas y con el aroma característico del pericón, familiares y amigos se reúnen; se comparte la comida, y la milpa, durante unas horas, deja de ser solamente el lugar donde se trabaja para convertirse en el lugar donde se celebra.

La investigación académica señala también la preparación de alimentos tradicionales como el chileatole y otras formas de convivencia alrededor de la primera cosecha.

Es una celebración sencilla en apariencia, pero profunda en significado.

Porque antes de que existieran calendarios agrícolas escritos, aplicaciones meteorológicas o mercados que permitieran comprar maíz durante todo el año, la llegada del elote significaba algo fundamental: había alimento.

Una fiesta que nace del maíz

El Día de los Elotes tiene una particularidad que merece ser reconocida, no nació como un espectáculo turístico, nació de la milpa.

Su origen está relacionado con el calendario agrícola y con la necesidad de agradecer y celebrar los frutos obtenidos después de meses de trabajo.

Sembrar maíz significa esperar; esperar las lluvias, esperar que la semilla germine, esperar que la planta crezca, esperar que el temporal sea suficiente, esperar, finalmente, que aparezcan los primeros elotes; por eso el 28 de septiembre representa un momento especial dentro de ese ciclo, la espera se convierte en cosecha, y la cosecha se convierte en convivencia.


El pericón: la flor que anuncia la fiesta

Ese mismo día aparece otra protagonista: la flor de pericón, conocida en la tradición nahua como yauhtli y correspondiente a la especie Tagetes lucida; sus pequeñas flores amarillas tienen un aroma inconfundible.


Pero en Tepoztlán representan mucho más que una planta. La investigadora del INAH Dora Sierra Carrillo ha documentado la relación histórica del yauhtli con los rituales agrícolas y con Tláloc, así como su posterior asociación con San Miguel Arcángel.

De ahí surge una de las tradiciones más conocidas de estas fechas: la elaboración de pequeñas cruces de pericón.

Se colocan en las cuatro esquinas de las milpas y también en las puertas de las casas; la intención tradicional es proteger, proteger la cosecha, proteger la casa, proteger a quienes viven en ella y proteger la continuidad del ciclo agrícola.

La cruz amarilla aparece así justo cuando el maíz comienza a convertirse en alimento.

Del Día de los Elotes a San Miguel

El calendario ofrece una secuencia reveladora, 28 de septiembre: pericón y primeros elotes; 29 de septiembre: San Miguel Arcángel.

La Secretaría de Cultura federal registra esta relación dentro del calendario tradicional de Tepoztlán: el 28 corresponde al pericón y al primer corte de elotes, mientras que el 29 se celebra a San Miguel Arcángel.

La tradición agrícola y la tradición religiosa quedaron unidas; y la explicación no es solamente religiosa, también tiene que ver con la historia de los pueblos indígenas del centro de México y con el proceso mediante el cual antiguas prácticas relacionadas con la agricultura, la lluvia y la protección de las cosechas fueron incorporándose al calendario católico.

Así, el antiguo vínculo del yauhtli con la lluvia y el mundo agrícola encontró una nueva expresión en la figura de San Miguel.

La cruz que protege la milpa

En las comunidades de Tepoztlán, la cruz de pericón no se entiende separada de la milpa. La investigación realizada en Amatlán documenta la colocación de cruces en los sembradíos para proteger las plantas de maíz de los llamados “aires” y de otros peligros asociados con el temporal.

Pero la protección necesita también llega a las casas, por eso, cada 28 de septiembre, muchas puertas se adornan con estas pequeñas cruces amarillas.

La misma flor que protege la milpa protege simbólicamente el hogar, es una manera de decir que ambos espacios forman parte de una misma realidad.

Porque la casa depende de la milpa, y la milpa alimenta la casa.

Una fiesta que pertenece a Tepoztlán

Hablar del Día de los Elotes es hablar de una tradición profundamente ligada a Tepoztlán, su valor no está solamente en la fecha, está en la relación entre territorio, maíz, comunidad y memoria.

La celebración ha sido documentada en distintas comunidades del municipio y particularmente en Amatlán, donde las investigaciones etnográficas permiten observar cómo los rituales agrícolas continúan formando parte de la vida comunitaria.

En un tiempo en que muchas fiestas tradicionales han adquirido dimensiones turísticas, el Día de los Elotes conserva algo esencial: su razón de ser sigue estando en la milpa.

Es una celebración que comienza con el trabajo de los campesinos y termina alrededor de una fogata, una celebración cuyo símbolo no es un escenario, sino una mazorca, y cuyo centro no es un espectáculo, sino la convivencia.

Una tradición que merece ser contada

El Día de los Elotes recuerda que Tepoztlán no solamente es su montaña, sus calles, sus barrios o sus celebraciones más conocidas, es también es su tierra de cultivo, es la memoria de quienes saben cuándo sembrar, de quienes conocen el comportamiento de las lluvias, de quienes todavía reconocen una milpa lista para cortar los primeros elotes, de quienes elaboran una cruz con cuatro ramilletes de pericón y la colocan en la puerta de su casa y de quienes, año tras año, esperan septiembre para regresar a la parcela y compartir los primeros frutos.

Por eso, el 28 de septiembre tiene un significado especial para Tepoztlán, mientras en las casas aparece la cruz amarilla, en las milpas comienza la fiesta.

El pericón anuncia la protección. el elote anuncia la cosecha y San Miguel llegará al día siguiente, tres elementos de una misma memoria.


El amarillo de septiembre

Quizá la mejor manera de entender el Día de los Elotes sea imaginar Tepoztlán durante esos últimos días de septiembre, las montañas alrededor, la milpa madura, el humo de una fogata, una familia reunida, el primer elote sobre las brasas y en alguna puerta, una pequeña cruz hecha con flores amarillas, es una escena sencilla, pero contiene siglos de historia.

Porque en Tepoztlán, el elote no solamente se come: se celebra, y esa celebración convierte al 28 de septiembre en una fecha que merece un lugar especial dentro de la memoria cultural del municipio.

El Día de los Elotes es la fiesta de la primera cosecha, de la milpa y de la comunidad. Una celebración que comienza con el maíz, florece con el pericón y encuentra su continuidad espiritual en San Miguel.

Una fiesta que, año tras año, vuelve a recordarle a Tepoztlán de dónde viene una parte esencial de lo que es.

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