Autor: Luis Bello Solís.
Hay una manera de entender la identidad mexicana que rara vez aparece en los discursos oficiales: la que se construye, día con día, en la vida ordinaria de un pueblo. Tepoztlán —declarado Pueblo Mágico el 24 de junio de 2010, luego de una primera denominación en 2001 que le fue retirada por incumplir estándares del programa y posteriormente recuperada— es hoy, de acuerdo con reportes recientes basados en tendencias de búsqueda y datos turísticos, uno de los Pueblos Mágicos más visitados de México. Ese dato, aparentemente menor, revela algo más profundo: la fuerza con la que un territorio puede sostener su identidad incluso cuando se convierte en destino de miles de visitantes.
Según el Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, Tepoztlán tiene 54,987 habitantes distribuidos en 62 localidades, con un crecimiento poblacional del 32.1% respecto a 2010. Es un municipio joven —la mitad de su población tiene 30 años o menos— y culturalmente diverso: 2,680 personas hablan alguna lengua indígena, lo que representa el 5.07% del total municipal. Son cifras que no suelen mencionarse cuando se habla de Tepoztlán desde la mirada turística, pero que son indispensables para entender su identidad real, más allá de la postal.
El encanto de Tepoztlán —su cerro, su Ex Convento de la Natividad declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, su Carnaval, su mercado tradicional, su ambiente místico— no es casualidad ni escenografía. Es el resultado de una comunidad que ha sabido sostener su patrimonio cultural y natural en medio de las presiones propias de la modernidad: el crecimiento urbano, la llegada constante de visitantes, la transformación acelerada de las economías locales. Comprender esto exige salir de la lógica de la queja fácil y entrar en la lógica del análisis: ¿qué hace que un pueblo conserve su alma mientras se convierte en uno de los destinos más buscados del país?
Como ciudadano tepozteco, de a pie, que ha vivido y observado de cerca estas transformaciones, me parece que la respuesta está en algo que pocas veces se estudia con seriedad: el tejido social cotidiano. Las mayordomías, las fiestas patronales, el mercado, la convivencia vecinal, la manera en que el pueblo se organiza para recibir al Carnaval o la Fiesta del Tepozteco. Ese tejido no aparece en los indicadores económicos, pero es, en buena medida, lo que explica por qué Tepoztlán sigue siendo Tepoztlán, incluso cuando cambia todo a su alrededor.
Hablar de identidad mexicana desde un pueblo como este no es un ejercicio nostálgico ni folclórico. Es, más bien, una invitación a mirar con rigor lo que sostiene a las comunidades: no solo su patrimonio material, sino su capacidad de organización, su memoria compartida, su forma particular de estar en el mundo. Ser tepozteco es participar de esa identidad viva; ser morelense es reconocerla como parte de algo más grande; ser mexicano, finalmente, es entender que el país se sostiene en la suma de estas identidades locales, cada una con su propio carácter, su propia historia y su propio derecho a ser estudiada con la seriedad que merece.

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