Autor: Luis Bello Solís | Noticias en Tepoztlán.
Quien camina por el centro de Tepoztlán un martes cualquiera ve algo muy distinto a lo que muestran las fotos de fin de semana. No hay tianguis desplegado sobre la plaza, ni fila de camionetas buscando dónde estacionarse. Hay comercio local abriendo despacio, niños entrando a la escuela, señoras que se saludan por su nombre en la esquina de siempre. Detrás de esa calma hay un pueblo que, según el censo más reciente, tiene 54,987 habitantes, con 95 hombres por cada 100 mujeres, y donde la mitad de la población tiene 30 años o menos. Es un dato que dice más de lo que parece: Tepoztlán, en el papel, sigue siendo un pueblo joven.
Pero los números, vistos con calma, cuentan otra historia además de la primera. En apenas diez años la población creció 32.1 por ciento, un ritmo que cualquier tepozteco de más de cuarenta años puede confirmar solo comparando cómo era su calle en su infancia y cómo es ahora: terrenos que antes eran milpa hoy tienen barda y portón, familias completas que llegaron de fuera buscando el clima, el precio o simplemente la calma que ya no encontraban en la ciudad. Crecer así de rápido no es solo una cifra de planeación urbana; es una transformación que se siente en el agua, en el tránsito de los fines de semana y en quién ocupa hoy las bancas del zócalo.
Y si se mira el padrón electoral más reciente, la fotografía se afina todavía más. Al cierre de enero de 2026 había 33,607 electores registrados en Tepoztlán, de los cuales 52.7 por ciento eran mujeres. Ahí aparece un dato que vale la pena detenerse a mirar: el grupo de mayor peso ya no es el de los jóvenes que apenas entran a votar, sino el de los mayores de 65 años, que representan 14.8 por ciento del padrón, ligeramente por encima incluso de los electores de 18 a 24 años, que suman 14.3 por ciento.
Ese cruce —un pueblo que en el censo se ve joven, pero que en su padrón envejece— no es un dato menor, y tampoco es contradictorio si se piensa con calma. Habla de una migración constante y silenciosa: los hijos que se van a estudiar o a trabajar fuera de Tepoztlán y no siempre regresan a votar aquí, mientras los padres, los abuelos, los que decidieron quedarse, sostienen la vida cotidiana del pueblo desde adentro. Es la generación que abrió el changarro familiar, la que sigue yendo al mercado los martes y jueves, la que llena las asambleas de barrio cuando hay algo que decidir. Son ellos quienes, en los hechos, cargan hoy el peso de las decisiones que definen a Tepoztlán.
Entre esos dos movimientos —los que se van y los que se quedan, los que envejecen aquí y los que crecen en otro lado— se está definiendo, sin que casi nadie lo diga en voz alta, qué Tepoztlán vamos a tener en la próxima década. No es un fenómeno exclusivo de este pueblo, pero aquí tiene rostro conocido: es el vecino de la calle de junto, es la señora que ya no tiene quién le ayude a cargar el mandado, es el joven que manda dinero desde otro estado o desde otro país porque aquí no encontró en qué trabajar. Los números del censo y del padrón, fríos como parecen, terminan siendo eso: un retrato de familias reales, decidiendo cada una a su manera qué lugar ocupar en el pueblo que las vio nacer.

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