
La Real Academia Española reabre un debate histórico sobre la expansión del castellano en América y plantea una mirada que cuestiona la idea de que su predominio fue resultado exclusivamente de una imposición colonial. La historia, sin embargo, revela un proceso mucho más largo, complejo y contradictorio, en el que también sobrevivieron y fueron estudiadas numerosas lenguas originarias.
La historia del español en Hispanoamérica no puede explicarse únicamente como la historia de una lengua que llegó con los conquistadores y se impuso de inmediato sobre los pueblos originarios.
Así lo sostiene la Real Academia Española (RAE) en una nota informativa publicada el 30 de junio de 2026, en la que revisa el proceso de expansión del castellano en América y distingue entre las políticas de la monarquía española durante la época colonial y el proceso de castellanización emprendido posteriormente por los gobiernos de las nuevas repúblicas.
La reflexión surgió a partir de la serie de Televisión Española “La gran aventura de la lengua española”, que provocó un debate sobre si la expansión del español en América fue consecuencia directa de una política sistemática de imposición colonial o el resultado de un proceso histórico que se prolongó durante varios siglos.
La respuesta de la RAE introduce un elemento fundamental: durante buena parte del periodo colonial, la expansión del castellano fue mucho más limitada de lo que suele suponerse.
Un proyecto difícil de llevar a cabo
Desde los primeros años posteriores a la llegada de los españoles, la monarquía buscó que los pueblos indígenas recibieran instrucción religiosa, preferentemente en castellano.
Sin embargo, convertir ese propósito en una política efectiva era extremadamente difícil. Las poblaciones estaban dispersas, existía una enorme diversidad lingüística y no había suficientes maestros para enseñar castellano a millones de personas. Además, una parte importante de los pueblos originarios permaneció fuera del dominio efectivo de las autoridades españolas.
La evangelización quedó entonces, en buena medida, en manos de las órdenes religiosas.
Franciscanos, dominicos, agustinos y posteriormente jesuitas establecieron doctrinas, congregaciones, aldeamientos y reducciones. Su misión era evangelizar, pero pronto descubrieron que para hacerlo necesitaban conocer las lenguas de las comunidades a las que pretendían convertir.
Así, ocurrió una paradoja histórica: mientras la Corona promovía la enseñanza del castellano, muchos religiosos terminaron convirtiéndose en estudiosos y conservadores de las lenguas indígenas.
Los frailes tuvieron que aprender las lenguas originarias
En México, el náhuatl ocupó un lugar destacado por ser una de las lenguas de comunicación más extendidas. Pero la diversidad lingüística obligó a los religiosos a aprender muchas otras.
La RAE señala que los agustinos, por ejemplo, llegaron a trabajar con lenguas como náhuatl, otomí, tarasco, huasteco, pirinda, matlatzinca, totonaco, mixteco y tlapaneco, entre otras.
El resultado fue una producción lingüística de enorme importancia histórica.
Fray Andrés de Olmos escribió en 1547 el Arte de la lengua mexicana; Maturino Gilberti publicó en 1558 el Arte de la lengua de Michoacán; y Alonso de Molina publicó en 1571 su Arte de la lengua mexicana y castellana.
Otros religiosos elaboraron gramáticas, vocabularios y diccionarios de lenguas como el purépecha, zapoteco y huasteco.
El fenómeno fue especialmente importante porque muchas de esas lenguas no contaban previamente con una tradición escrita comparable a la europea.
Nueva España fue un laboratorio lingüístico
La magnitud del trabajo desarrollado durante la evangelización puede dimensionarse con las cifras citadas por la RAE a partir de la investigación de Robert Ricard.
Solamente en Nueva España y dentro de las obras relacionadas con la evangelización se identifican al menos 109 trabajos sobre lenguas amerindias: 80 escritos por franciscanos, 16 por dominicos, ocho por agustinos y cinco anónimos.
De ese conjunto, 66 estaban escritos en náhuatl o relacionados con esta lengua; 13 correspondían al tarasco; seis al otomí; cinco al pirinda; cinco al mixteco; cinco al zapoteco; cuatro al huasteco; dos al totonaco y otros al zoque y al dialecto de Chilapa.
Es decir, la historia de la expansión del español también es, paradójicamente, una historia de documentación de las lenguas originarias.
El castellano no sustituyó rápidamente a las lenguas indígenas
Durante los siglos XVI y XVII, la comunicación cotidiana entre autoridades, religiosos y comunidades indígenas siguió dependiendo en buena medida de las lenguas locales.
Los propios misioneros se convirtieron en intermediarios entre el poder colonial y los pueblos originarios debido a su conocimiento de esas lenguas.
La situación llegó a convertirse en un problema para las autoridades. En el siglo XVIII, algunos funcionarios y miembros del clero comenzaron a considerar que la persistencia de las lenguas indígenas dificultaba la administración de los territorios americanos.
La RAE cita el caso del arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón, quien en 1769 expresó su preocupación porque, después de más de dos siglos de dominio español, todavía era necesario recurrir a intérpretes para comunicarse con numerosos pueblos.
Fue entonces cuando la política lingüística comenzó a cambiar de manera más decidida.
El giro del siglo XVIII
En 1770, la Corona aprobó una real cédula cuyo objetivo era que en los territorios americanos se abandonaran los diferentes idiomas utilizados por las poblaciones y se hablara castellano.
La medida representaba un cambio importante respecto de la práctica anterior.
Pero tampoco consiguió transformar de inmediato la realidad lingüística del continente.
La propia RAE señala que su aplicación fue imposible debido, entre otras razones, a la falta de medios y a que las insurgencias que desembocarían en los movimientos de independencia estaban a punto de comenzar.
Por ello, el español no se convirtió automáticamente en la lengua dominante de Hispanoamérica como consecuencia directa de las primeras políticas de la monarquía.
La gran transformación llegó después de las independencias
Uno de los puntos centrales de la explicación de la RAE es precisamente este: la expansión decisiva del castellano se produjo durante la construcción de las nuevas repúblicas americanas.
Después de las independencias, los nuevos Estados eligieron el castellano como lengua de sus naciones.
La RAE sostiene que los gobiernos republicanos impulsaron entonces un proceso de castellanización mucho más intenso y eficaz que el desarrollado durante buena parte del periodo colonial.
El español pasó a convertirse en la lengua de las instituciones nacionales, de la administración, de la educación y de la vida pública.
Además, los nuevos gobiernos extendieron progresivamente su control sobre territorios y comunidades indígenas que anteriormente habían permanecido alejadas de los principales centros urbanos y administrativos.
De esta manera, el mapa lingüístico de Hispanoamérica comenzó a transformarse profundamente.
Una historia que no cabe en blanco y negro
La revisión de la RAE no elimina la dimensión colonial de la expansión del español. La llegada de los europeos implicó una profunda transformación política, social, cultural y lingüística de los pueblos americanos.
Pero introduce una distinción histórica relevante: no puede equipararse automáticamente la intención de promover el castellano con una castellanización efectiva durante los primeros siglos de dominio español.
La documentación presentada por la Academia muestra que existieron políticas para favorecer el español, pero también periodos prolongados en los que los religiosos utilizaron las lenguas indígenas como principal instrumento de evangelización y comunicación.
El resultado fue un escenario lingüístico extraordinariamente complejo, en el que el castellano convivió durante siglos con cientos de lenguas originarias.
El español que nació en América
El proceso tampoco terminó con la desaparición de las lenguas indígenas.
El español que se habla actualmente en México, Centroamérica, el Caribe y Sudamérica es el resultado de siglos de contacto entre distintas comunidades y tradiciones lingüísticas.
Ese contacto dejó huellas en el vocabulario, la pronunciación, la gramática y las formas de expresión.
Palabras procedentes de lenguas indígenas forman hoy parte del español cotidiano en América. En México, por ejemplo, términos de origen náhuatl como chocolate, tomate, aguacate, coyote y chapulín forman parte del léxico ampliamente utilizado.
La lengua española, por tanto, no viajó simplemente de Europa hacia América para permanecer intacta. Se transformó al entrar en contacto con nuevas sociedades, territorios y culturas.
Una lengua, muchas historias
La expansión del español en Hispanoamérica fue, en realidad, un proceso de varios siglos.
Primero estuvo el intento de la monarquía de promover el castellano; después, la necesidad práctica de los misioneros de aprender las lenguas originarias; más tarde, el cambio de política de la Corona en el siglo XVIII y, finalmente, la construcción de los Estados nacionales independientes, que impulsaron una castellanización mucho más efectiva.
La historia también deja una advertencia: hablar hoy español en América no significa que las lenguas originarias hayan desaparecido ni que todas hayan seguido el mismo camino.
México, por ejemplo, continúa siendo un país de enorme diversidad lingüística.
Por eso, entender cómo llegó a ser predominante el español no implica reducir la historia a una oposición entre una lengua vencedora y otras derrotadas. Significa reconocer un proceso histórico marcado por conquistas, evangelización, resistencia, adaptación, mestizaje, políticas de Estado y supervivencia cultural.
La propia RAE remite para profundizar en este tema al libro Hablamos la misma lengua, de Santiago Muñoz Machado, director de la institución y Premio Nacional de Historia de España 2018.
La historia del español en América, en última instancia, es también la historia de los pueblos que lo adoptaron, lo transformaron y lo hicieron suyo.
Y quizá ahí se encuentra una de sus mayores particularidades: el español americano no es simplemente el español que llegó de Europa; es el español que, durante cinco siglos, América convirtió en una lengua propia y diversa.

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