Una reflexión sobre el patrimonio religioso, social, cultural, histórico y artístico de Tepoztlán.— Hay imágenes religiosas que pertenecen a una iglesia; y hay otras que, con el paso de las generaciones, terminan perteneciendo también a la memoria de un pueblo, la imagen de Santa María de la Natividad de Tepoztlán pertenece a esta segunda categoría.
Para los creyentes es, ante todo, una representación de la Virgen María y un objeto de veneración. Pero para comprender su verdadero significado en Tepoztlán es necesario mirar más allá de la devoción: la imagen forma parte de un entramado histórico, cultural, artístico y social que se ha construido durante siglos alrededor del antiguo templo y convento de la Natividad.
El conjunto religioso del que forma parte tiene sus raíces en el siglo XVI. El Instituto Nacional de Antropología e Historia señala que el antiguo convento de la Natividad fue fundado por los dominicos y construido con la participación de los indígenas tepoztecos entre 1555 y 1580. El recinto es hoy Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte de los primeros monasterios del siglo XVI en las laderas del Popocatépetl. Pero la importancia de la Natividad no termina en sus muros.
Una imagen en el corazón de la identidad tepozteca
La parroquia y el antiguo convento se encuentran en uno de los espacios centrales de la vida comunitaria de Tepoztlán. Desde ahí se desarrollaron prácticas religiosas que, con el tiempo, adquirieron una dimensión profundamente comunitaria.
La fiesta de la Natividad de María, cada 8 de septiembre, no es únicamente una celebración litúrgica, es también un momento en el que Tepoztlán se reconoce a sí mismo.
La procesión de la Virgen, las flores, las ofrendas, la música, las danzas, el arco de semillas y la participación de familias enteras convierten el espacio religioso en un territorio de encuentro. Registros fotográficos documentan, por ejemplo, la procesión de la Virgen de la Natividad realizada el 8 de septiembre de 2014, dentro de las celebraciones del Reto al Tepozteco o Altepeilhuitl. En aquella jornada, la tradición católica convivió con danzas de raíz prehispánica, globos de cantoya y otras expresiones culturales.
Es precisamente esa convivencia la que permite comprender una de las características fundamentales de Tepoztlán: su identidad no puede dividirse fácilmente entre lo religioso, lo indígena, lo histórico y lo contemporáneo, todo forma parte de una misma memoria.
El propio INAH explica que el antiguo convento muestra el proceso de evangelización y el sincretismo religioso de la población local. Antes de la llegada de los españoles, los habitantes de la región veneraban a Ometochtli Tepuztécatl; posteriormente, los dominicos impulsaron la construcción del templo dedicado a la Virgen de la Natividad; la imagen mariana, por ello, puede ser contemplada también como parte de esa larga transformación cultural de Tepoztlán.
Una historia que no está solamente en los libros
Las imágenes religiosas adquieren significado no únicamente por su antigüedad o por sus características artísticas, sino también por las historias que las generaciones depositan en ellas, en Tepoztlán, la Virgen de la Natividad ha estado presente en bautizos, matrimonios, funerales, procesiones, promesas, fiestas patronales y momentos de celebración familiar; ha acompañado a quienes se han ido y a quienes han regresado; ha visto cambiar las calles, las casas, las formas de vestir, las actividades económicas y la relación del pueblo con los visitantes. Ha visto transformarse el Tepoztlán agrícola en el Tepoztlán turístico; ha visto crecer la presencia de nuevos habitantes; ha visto modificarse las relaciones sociales y políticas, y ha permanecido allí, por eso, para muchas generaciones, contemplar la imagen no significa únicamente observar una escultura religiosa, significa encontrarse con una parte de su propia historia.
El arte que se convierte en memoria
La dimensión artística de la Virgen de la Natividad tampoco puede separarse de su dimensión religiosa. Una imagen destinada al culto no es simplemente una pieza para ser contemplada: su elaboración, policromía, vestimenta, ornamentos, conservación y forma de presentación responden a una tradición artística que durante siglos convirtió a las iglesias novohispanas en espacios de enseñanza visual y de construcción de identidad, y en el caso de Tepoztlán, esa tradición artística forma parte de un conjunto excepcional.
El INAH ha documentado la riqueza pictórica del antiguo convento, incluyendo murales, escudos dominicos y representaciones relacionadas con la evangelización. En trabajos recientes de conservación fueron identificadas incluso pinturas del siglo XVI con elementos de iconografía prehispánica, entre ellos un emblema que contiene un penacho, un tepoztli —hacha—, un chimalli y una vara florida. Es decir, la historia del arte religioso de Tepoztlán tampoco puede entenderse como una historia exclusivamente europea.
En sus muros aparecen las huellas de la evangelización, pero también la intervención indígena y la permanencia de símbolos y formas de entender el mundo anteriores a la conquista, la Virgen de la Natividad es parte de ese universo.
El arco de semillas: cuando la comunidad convierte la devoción en arte
Una de las expresiones más extraordinarias de esta relación entre religión, arte y comunidad es el tradicional Arco de Semillas que se coloca en la entrada de la parroquia, de acuerdo con registros periodísticos, la tradición comenzó en 1991, cuando comerciantes y artesanos tepoztecos empezaron a decorar la entrada del templo. En 1993 se incorporaron las semillas como elemento fundamental de la obra.
Con el tiempo, la elaboración del arco se convirtió en un ejercicio colectivo que reúne a niños, jóvenes, adultos y personas mayores, la obra puede utilizar decenas de variedades de semillas comestibles, colocadas una por una para formar figuras relacionadas con la historia y la cultura de Tepoztlán.
El dato es significativo, la devoción a la Virgen no solamente genera una celebración religiosa: genera también creación artística, transmisión de conocimientos, participación comunitaria y apropiación del espacio público donde la fe se vuelve trabajo colectivo, y el trabajo colectivo se convierte en patrimonio.
Cuando las campanas convocaron al pueblo
Existe otra dimensión de la vida religiosa de Tepoztlán que ayuda a entender el papel social de la parroquia: sus campanas. En la tradición comunitaria, las campanas no han sido únicamente instrumentos litúrgicos, han servido para anunciar acontecimientos, convocar a los habitantes y comunicar situaciones importantes para la comunidad.
Un estudio sobre las iglesias de Tepoztlán destaca precisamente que las campanas poseen códigos reconocibles para los habitantes y que, en determinados momentos de la historia, sirvieron para convocar a la población a salir a las calles.
Esta característica resulta fundamental para comprender uno de los episodios más importantes de la historia reciente de Tepoztlán: la lucha contra el proyecto del Club de Golf.
1994-1996: la Virgen, la parroquia y la defensa del territorio
El proyecto del llamado Club de Golf “El Tepozteco” comenzó a tomar forma en 1994, la propuesta de la empresa Kladt-Sobrino contemplaba un complejo turístico de grandes dimensiones, con campo de golf, viviendas, hotel y otras instalaciones. El proyecto requería cientos de hectáreas y generó una profunda controversia por el uso de tierras comunales, el agua, el territorio y el futuro del municipio.
La oposición fue creciendo hasta convertirse en uno de los movimientos sociales más estudiados de México. En 1995 surgió el Comité de Unidad Tepozteca (CUT), que articuló a representantes de barrios, autoridades comunales y ejidales, organizaciones políticas y ciudadanos independientes.
La protesta dejó de ser únicamente una disputa por terrenos, se convirtió en una defensa del territorio, de la identidad, del paisaje, de las tradiciones y de una determinada manera de entender la vida comunitaria.
Diversos estudios académicos han señalado que el movimiento articuló dimensiones ambientales, culturales, políticas, identitarias y territoriales, y en ese momento, la Iglesia no fue un actor ajeno.
El padre Filiberto González y el vínculo entre la Iglesia y el movimiento social
Aquí resulta importante hacer una precisión histórica. Aunque en la memoria oral de algunas personas puede aparecer el nombre de “Padre Fili” asociado a aquellos años, las fuentes documentales consultadas identifican al sacerdote como Filiberto González, párroco de Tepoztlán durante el conflicto.
Su papel fue especialmente significativo porque la posición de la Iglesia de Morelos no fue uniforme, una investigación depositada en el repositorio de El Colegio de México, basada entre otras fuentes en un reportaje de Rodrigo Vera publicado en Proceso en 1995, documenta que el conflicto provocó una división dentro de la Diócesis de Cuernavaca; mientras el obispo Luis Reynoso Cervantes aparecía públicamente cercano a la posición favorable al proyecto, un grupo de sacerdotes se colocó del lado de los opositores.
En torno al párroco de Tepoztlán, Filiberto González, se agruparon varios de esos sacerdotes. El estudio recupera una declaración particularmente reveladora del propio párroco: frente a la postura del obispo, González afirmó que él estaba con el pueblo.
El dato permite entender algo que suele perderse cuando se recuerda el movimiento únicamente como una lucha ambiental: la resistencia no ocurrió solamente en las calles, también atravesó instituciones, organizaciones y espacios comunitarios; la parroquia constituía uno de esos espacios, y el párroco podía funcionar como un puente entre dos mundos: el religioso y el social; no se trataba simplemente de que un sacerdote expresara una opinión política, su posición tenía una dimensión mucho más profunda: hablaba desde una institución con presencia histórica en la comunidad y con una capacidad de convocatoria que otras organizaciones no necesariamente poseían.
El mismo estudio documenta que el párroco enfrentó presiones de la jerarquía eclesiástica y otras formas de presión relacionadas con el conflicto, en ese contexto, la figura de la parroquia adquirió un significado particular: la Iglesia podía ser templo, pero también era comunidad, y la comunidad estaba defendiendo aquello que consideraba parte de su territorio y de su identidad.
La Virgen como testigo silencioso de una transformación social
No existen razones para afirmar que la imagen de la Virgen haya sido utilizada formalmente como emblema del movimiento contra el Club de Golf, y sería históricamente incorrecto atribuirle un papel político que las fuentes no documentan, pero sí es posible afirmar algo distinto y, quizá, más profundo: la Virgen estaba allí mientras Tepoztlán vivía aquella transformación.
La imagen permanecía en el templo mientras en las calles se discutía el futuro del pueblo, mientras los habitantes se organizaban, mientras sonaban las campanas, mientras se levantaban barricadas, mientras las diferencias políticas y sociales se profundizaban, Mientras la parroquia y distintos sacerdotes se convertían en espacios de articulación entre sectores religiosos y sociales.
La historia de la imagen no consiste, por tanto, en que haya intervenido directamente en aquellos acontecimientos, su importancia está en haber formado parte del mismo paisaje humano en el que ocurrieron, eso es lo que convierte a una imagen religiosa en patrimonio vivo.
De la defensa del territorio a la defensa de la memoria
El movimiento contra el Club de Golf terminó convirtiéndose en un referente de la capacidad de organización de Tepoztlán; la empresa anunció finalmente la cancelación del proyecto en abril de 1996, después de años de conflicto y movilización, pero la historia de Tepoztlán no terminó ahí.
La comunidad continuó 一y continúa一 enfrentando las transformaciones provocadas por el crecimiento turístico, la presión inmobiliaria, la llegada de nuevos habitantes y los cambios económicos y culturales, y en ese proceso, el patrimonio religioso ha adquirido una nueva dimensión, ya no se trata solamente de conservar un edificio antiguo, se trata de conservar las prácticas, las fiestas, los conocimientos, las imágenes y los vínculos sociales que hacen que ese patrimonio continúe teniendo significado.
La propia historia reciente del antiguo convento confirma esa condición dinámica.
Entre 1997 y 2014, especialistas del INAH documentaron más de un centenar de dibujos e inscripciones realizados a lo largo de cuatro siglos en los muros del antiguo monasterio. Esas huellas anónimas constituyen una suerte de registro de las personas que habitaron o transitaron por el espacio.
El edificio, literalmente, conserva las marcas de quienes pasaron por Tepoztlán y la Virgen representa otra forma de esa misma memoria.
Restaurar una imagen es restaurar un vínculo
En 2026, la comunidad parroquial volvió a poner en primer plano a Santa María de la Natividad mediante una campaña para reunir recursos destinados a la restauración de su imagen; en mayo se convocó a una kermés solidaria cuyos recursos serían destinados íntegramente a los trabajos de restauración de la Virgen.
El hecho tiene un significado que va mucho más allá de una reparación material; restaurar una imagen religiosa implica conservar materia: madera, policromía, estructura, ornamentación, pero en una comunidad como Tepoztlán también significa conservar memoria, cada intervención busca evitar que el paso del tiempo borre las huellas de una pieza que ha acompañado generaciones, y por eso la restauración no es solamente una tarea de conservación artística, es un acto de continuidad.
Una imagen que pertenece a muchas generaciones
Quizá la mejor manera de entender a Santa María de la Natividad sea imaginarla no como una pieza aislada, sino como el centro de una larga cadena humana, frente a ella estuvieron los tepoztecos que recibieron la evangelización en el siglo XVI; estuvieron las generaciones que construyeron y transformaron el templo; estuvieron quienes organizaron las fiestas patronales, quienes llevaron flores, quienes cargaron la imagen en procesión, quienes rezaron por sus familias, quienes colocaron semillas en el arco de la parroquia, quienes escucharon las campanas y también quienes, en los años noventa, defendieron el territorio que consideraban inseparable de su identidad.
La imagen permaneció, Tepoztlán cambió y precisamente porque cambió, la imagen adquirió nuevas capas de significado.
Su restauración, no solamente implica recuperar una pieza religiosa, implica preservar una parte de la memoria colectiva de Tepoztlán, porque Santa María de la Natividad no ha sido solamente una imagen ante la cual el pueblo ha rezado, ha sido una presencia permanente en el paisaje cultural de un pueblo que, durante siglos, ha tenido que reinventarse sin dejar de reconocerse a sí mismo.
Y quizá esa sea la mayor dimensión patrimonial de la Virgen de la Natividad: que mientras Tepoztlán ha cambiado, mientras han cambiado sus habitantes, sus calles, su economía, sus conflictos y sus aspiraciones, ella ha permanecido como uno de los rostros más antiguos y reconocibles de la memoria del pueblo.

¡Gracias por tu comentario!
Disfruta de todo el contenido en www.noticiasentepoztlan.com
¡Gracias por tu comentario!
Disfruta de todo el contenido en www.noticiasentepoztlan.com