El agua que no vemos: cuidar lo que nos da vida

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Luis Bello Solís | Noticias en Tepoztlán

Tepoztlán ha sido bendecido con recursos naturales: cerros, barrancas, manantiales. A diferencia de otros lugares donde la falta de agua ya es una realidad, aquí no hemos llegado a padecer una crisis de abasto. Pero eso no significa que todos vivamos el agua de la misma manera, ni que podamos darla por hecho. Justo por eso vale la pena hablar de ella ahora, antes de que falte: cuidar es mucho más fácil que lamentar.


¿De dónde viene? Bajo el cerro, entre rocas volcánicas fracturadas, la lluvia se filtra despacio y se va juntando bajo tierra. De ahí se alimentan nuestros manantiales y nuestros pozos. Esa agua, además, no es solo nuestra: de acuerdo con datos de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), el agua subterránea de esta zona la compartimos con otros cinco municipios: Huitzilac, Cuernavaca, Jiutepec, Emiliano Zapata y Xochitepec. Lo que cuidemos o descuidemos aquí arriba lo sienten también quienes viven allá abajo.


El cerro y las barrancas son parte central de esa historia. Donde la lluvia puede filtrarse, el agua entra al subsuelo y se queda para todos. Donde el suelo se tapa, se compacta o se llena de basura, la lluvia corre sin entrar. Cuidar nuestro territorio es, al mismo tiempo, cuidar el agua que vendrá.


El agua se vuelve valiosa cuando falta, y no todas las comunidades la viven igual. Hay familias que han tenido que comprar pipas para abastecerse, y en los últimos años se han impulsado obras como la perforación de pozos profundos en distintos puntos del municipio, entre ellos en Huachinantitla y Campo Tetela. También hay comités y autoridades que trabajan para que el servicio llegue a más casas, y esa labor se facilita cuando los vecinos ayudamos desde lo pequeño.


Lo pequeño sí cuenta:

• Reportar una fuga en cuanto la vemos, en lugar de esperar a que otro lo haga.

• Juntar agua de lluvia en casas, escuelas y negocios.

• Regar a primera hora o al atardecer, y barrer en lugar de lavar la banqueta con manguera.

• Cuidar nuestras barrancas y cerros: no tirar basura ni escombro donde la lluvia se filtra.

• Dialogar entre vecinos, comités y autoridades para pensar el uso del agua a largo plazo.





Nada de esto es difícil. Solo hay que hacerlo antes de que falte.

Una nota para meditar: la calle es de todos, ¿y yo cómo la uso?

Cuidar lo que no se ve exige conciencia. Con lo que sí se ve a diario pasa lo mismo.


Tepoztlán tiene calles angostas, hechas para caminarse. Por ellas van los niños a la escuela, los adolescentes, las mujeres con el mandado, los trabajadores y los adultos mayores que salen a caminar porque saben que moverse es vida. Hoy esos mismos pasos se encuentran con motos, autos y cuatrimotos que cruzan las intersecciones sin fijarse, con vehículos en doble fila y con prisas donde antes no las había. Las mascotas también la pasan mal.


Piensa en la imagen: una persona mayor, de las que vieron crecer este pueblo, esperando en una esquina a que alguien le dé el paso, o esquivando una moto para llegar a la tienda. Es alguien que conoció un Tepoztlán que se caminaba con tranquilidad, y que hoy se adapta a las prisas de quienes pasan de largo. Es irónico que quienes más historia tienen aquí sean quienes más tienen que hacerse a un lado.


Esto no se trata de buscar culpables. Muchos conductores somos vecinos, y muchos visitantes llegan con buena voluntad. Lo que nos falta es educación vial y la costumbre de pensar que cada calle es la casa de alguien. La velocidad que nos ahorra dos minutos puede costarle a otra persona una caída, un susto o algo peor. La regla es sencilla: quien maneja protege a quien camina.


Por eso conviene hacernos algunas preguntas, cada quien en lo suyo. ¿Cómo me siento yo cuando camino por una calle estrecha y un vehículo pasa casi rozándome? ¿Cómo manejo cuando llevo prisa? ¿Me estaciono en doble fila «solo un momentito»? ¿Qué ejemplo les doy a mis hijos, a mis vecinos y a quienes nos visitan?


Podemos empezar hoy, cada quien desde su lugar:

• Bajar la velocidad en calles angostas, cerca de escuelas y en zonas con mucha gente caminando.

• Detenernos por completo en las intersecciones y dar el paso a quien va a pie.

• No estacionarnos en doble fila, sobre banquetas ni en los cruces peatonales.

• Si manejamos moto o cuatrimoto, circular con precaución y moderar velocidad y ruido en zonas habitadas.

• Hablar de esto en casa, en la escuela y en el trabajo, y enseñar con el ejemplo.

• Sumar esfuerzos entre vecinos, comercios, escuelas y autoridades en campañas de cultura vial.


El agua y la calle piden lo mismo: cuidar lo que es de todos. Por eso cierro con una pregunta:


¿Cómo nos gustaría que nos trataran cuando cruzamos la calle, cómo nos comportamos nosotros cuando vamos al volante, y qué estamos haciendo hoy para que así sea?


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